Siete de noviembre de 2021.
Acabo de ver en las noticias de un canal de televisión nacional un fragmento de la concentración en defensa de las Humanidades que tuvo lugar el día anterior.
En el fragmento se mencionaba que la protesta, apoyada por varios cientos de personas -casi todos profesores y alumnos de Latín y Griego-, además de secundada por decenas y decenas de intelectuales y eminencias del saber, tenía por motivo la defensa de las Humanidades ante unas leyes que, "según ellos" (sic) -los protestantes-, los dejaban de lado en un amplio abanico de asignaturas optativas. "Según ellos".
Hacía muchos años que no sentía tal impotencia. Acabo de vivir como con dos palabras comunes se deslegitima una protesta, se desacredita a personajes ilustres y se degrada la voluntad de estudiantes y entusiastas.
Siempre recalco que las palabras tienen poder y que, depende de cómo se enuncien, son armas de manipulación. Cuando hablamos de minusvalía en vez de discapacidad, cuando hablamos de la conquista de los romanos, la llegada de los godos y la invasión de los musulmanes; cuando se utiliza un "según ellos" con un espacio lo suficientemente breve para que la noticia pase inadvertida pero lo suficientemente grande como para que seamos capaces de entrever el desdén. Cuando palabras inofensivas están cargadas de matices, podemos decir que las palabras tienen poder.
Teniendo en cuenta que a la protesta asistieron en su mayoría profesores de lenguas clásicas, no entiendo muy bien a qué viene ese "según ellos", ni entiendo muy bien qué se piensan esos guionistas que es un docente de la escuela pública. Desde luego, una fuente de conocimientos o un saco de información, depende de a qué lado de la intelectualidad nos posicionemos. Como mínimo, son expertos en una materia, debido en gran parte al exigente sistema de oposiciones. A mi parecer, son -no olvidemos lo mencionado anteriormente sobre los matices de las palabras- intelectuales.
No somos cabreros que paseando por una feria rural han comprado una papeleta esperando obtener una termomix o un peluche de un perro piloto, pero que en su lugar se han conformado un título de docencia -una lástima, le ha tocado "profesor de secundaria" mecachis, le deseo más suerte la próxima vez. ¡Una papeleta un euro, seis papeletas cinco euros!-. El precio de una papeleta no es alto, pero menos lo es el respeto al educador.
"Según ellos", unos cualquiera que están a pocos años de llevar gorra y un chaleco reflectante y servir de aparcaniños, unos fracasados que, como no han obtenido éxito en su respectivo ámbito del saber, enseñan; unos good for nothing.
"Según ellos", expertos en una materia, profesionales de la docencia, transmisores de conocimiento y cultura, intelectuales que de seguro saben leer un decreto de ley -pues así lo exige su burocracia cada vez más tediosa, insulsa e infructífera- y sacarle los matices a las palabras.
Nos han apuñalado con nuestra propia arma.